#MateoDelRío
Mateo Del Río: El color como puente interior.
Desde sus estudios iniciales en artes visuales hasta su exploración de la toltequidad.
Acerca del artista
La pintura como un puente
Desde sus estudios iniciales en artes visuales hasta su exploración de la toltequidad como eje conceptual, Mateo Del Río ha trazado una práctica pictórica que busca traducir la memoria ancestral en imágenes contemporáneas. Su obra transita entre lo meditativo y lo simbólico, proponiendo que la pintura no es solo técnica, sino un diálogo entre el tonal, la vida cotidiana y el nagual, lo invisible de la conciencia, según la cosmovisión tolteca.
En palabras de Del Río: “La pintura es un puente: no solo entre el color y la forma, sino entre el cuerpo que mira y lo que habita en él”. Este pensamiento se hace evidente en cada pieza, donde el gesto pictórico no solo compone una superficie, sino que convoca una pregunta sobre quién mira y desde dónde.
Una mirada personal a lo ancestral
Para Del Río, el motivo no precede al proceso, sino que emerge de él. Cada trazo, color o silencio en su paleta responde no a una idea preconcebida, sino a una necesidad de presencia y concisión interna. La toltequidad, entendida como una práctica de atención plena y autoobservación, guía su mano más que cualquier disciplina técnica tradicional. Las formas pueden parecer sencillas, casi reducidas a lo elemental, pero su origen está en un complejo entramado de sensaciones, rituales y memoria corporal.
Su pintura, aunque profundamente espiritual, nunca se separa de lo humano. La serenidad de sus composiciones obedece tanto a su interés por el silencio contemplativo como a su inquietud por encontrar claridad en medio del caos contemporáneo.
Técnica y presencia
Del Río trabaja principalmente con óleo sobre lienzo, una elección que no es accidental: el óleo, con su densidad, su secado pausado y la riqueza de sus mezclas, se convierte en un aliado para aquella investigación introspectiva de tiempo y percepción. Más que una técnica, es un método para sostener preguntas, para replantear constantemente el sentido de lo visible y lo invisible en una obra.
“Es el óleo quien me dicta, no yo”, dice Del Río, quien confía plenamente en el diálogo entre su intuición y la propia materia pictórica. Esta actitud se traduce en piezas que parecen simples desde lejos, pero que revelan capas de significado a medida que uno se acerca y se detiene.
Arte para detenerse
En un mundo donde la imagen se consume con prisa y fugacidad, Del Río propone un ritmo distinto: la contemplación sostenida. Su obra no busca ser rápidamente comprendida, sino experimentada. Cada pintura es, en este sentido, una invitación a quedarse un poco más, a sembrar una pregunta dentro del espectador.
Más allá de su valor formal que en sí mismo es notable lo que define el trabajo de Mateo Del Río es justamente esa insistencia por afirmar que la pintura puede ser un espacio de pausa, de reflexión, y de trascendencia interior.









